La bajada del canal fue tranquila, con la mar lisa, pero con mucha corriente en contra. Llegamos así con un poco de retraso sobre el horario previsto a Pasajes. Nos recibió el primer día de sol de verdad desde que embarqué. Y la vista de la costa vasca era de lo más agradable.
Desafortunadamente la entrada y salida al puerto me pilló liado, por lo que no pude fotografiar la angosta garganta que hay que atravesar para desembocar en la rada interior. La estrechez del paso, con las montañas que lo definen, con las casas antiguas y típicas de pescadores, con el viejo astillero abandonado que conserva un par de embarcaciones a la vista, todo conforma un cuadro de otros tiempos.
Una vez dentro la cosa cambia bastante: nuevos astilleros, vías de tren, aglomeraciones de hormigón, naves industriales y la grúa enorme que tendría que descargarnos. Sorprende la amplitud del muelle para la entrada que tiene. Alrededor todo es una mezcla de barrios y estilos, pero nada que ver con lo que prometía la bocana.
Comenzó en Pasajes una racha de ritmo frenético en la que el armador estuvo pagando para que los estibadores encadenaran turnos por doquier. Con ese planteamiento vigente, los paseos por tierra se convierten en un lujo de horas intempestivas que suele disfrutarse a costa del sueño.
Pude salir a dar una vuelta en Pasajes pasadas las nueve de la noche. Desde donde estábamos atracados hasta el muelle pesquero, donde se veía un poco de movimiento de bares y zona comercial, había un buen paseo. En la primera mitad sólo disfruté la vía del tren y carretera. Ya al final sí pude ver hábitat humano y cosas curiosas. Como verán en la foto, con un entorno tan de Blade Runner, a la gente le da por cultivar plantas que además de aportar verde ayuden a trasladarse a estados de relajación. El caso es que visto lo visto, que esos barrios obreros de origen primordialmente gallego sean cuna de los etarras más sanguinarios no causa extrañeza. Supongo que en las traineras también deben de remar como posesos soñando que se alejan de semejante bodrio urbanístico y arquitectónico.
Impregnado de ese buen rollito y contando las horas que faltaban para despertarme decidí acabar el paseo y aprovechar el ratito de tierra yendo a una farmacia de guardia para comprar algo de vitaminas. Me acerqué a ver los turnos en el cartel de una ubicada junto a una parada de taxis, así llegaba antes de que cerrara el turno de guardia y me ahorraba el pateo al barco. Un taxista afónico y gallego me ayudó a ver qué opción era la más cercana y me acompañó al primer taxi de la fila, un mercedes estupendo.
Todo iba según lo planeado, el que el conductor empezara a preguntar a los demás que allí quedaban cómo se llegaba a la farmacia me descolocó un poco, pero cuando un tercero se metió por la ventanilla para programarle el gps le resté importancia. Sin embargo un remanente quedó cuando el cacharro no aceptaba el número de la calle que tenía el listado de farmacias de guardia, por lo que en lugar del 37 pusieron el 36…
Nada más salir del barrio pesquero se entra en un laberinto de calles y carreteras, los edificios crecen en altura y densidad, toda referencia fácil para ubicarse desaparece difuminada en una homogeneidad de formas y colores que parece irreal. El taxista iba jurando en arameo porque no sabía donde iba y el gps mucho no le ayudaba. Tras dos vueltas de dos kilómetros consiguió que llegáramos al 34, un edificio en una rampa empinada llena de curvas y edificios sin nada más que viviendas para las abejas obreras. Allí preguntó a una buena mujer dónde estaba la farmacia, y ésta tras un resoplido que no presagiaba nada bueno le explicó lo fácil que era llegar caminando pero la vuelta interminable que tenía que dar con el fotingo. El le dio las gracias y varias gotas de sudor empezaron a asomarse por sus sienes.
Por mi parte la situación estaba lejos de ser tensa. Estaba viendo más de lo que tenía pensado ver. Si cerraba la farmacia no me iba a pasar nada. Y tenía claro que no iba a pagar la cifra que marcaba el taxímetro ni de coña.
En medio del tercer intento interminable el hombre empezó a pedir disculpas. Era su tercer día en el trabajo y no era de Pasajes. El era de Donosti, pero con 8 años se había ido con la familia a Venezuela. Había vuelto a España hacía dos años huyendo de la revolución bolivariana y tras una temporada en Madrid estaba recién regresado a “su” tierra. Llevaba tres días de taxista en un infierno de asfalto desordenado del que nada sabía. Valga como referencia que ni en Tokio llegué a sentirme tan perdido como me sentí en aquel deambular por Pasajes.
Según se acercaba la hora de cierre el tono de voz del hijo pródigo denotaba llanto, y el de la mujer enlatada en el gps me hacía evocar carcajadas etílicas… Así que un poco por ayudar, un poco por experimentar, encendí el gps de mi teléfono. Allí si estaba la dirección exacta que buscábamos. El hombre un tanto aliviado me preguntó por mi acento, que de qué país latinoamericano era…
Así, entre la charla sobre Venezuela, entre las instrucciones divergentes de dos gps, entre la enésima vuelta a aquel galimatías de calles y entre los nervios que no habían abandonado a nuestro indiano, el hombre se volvió a perder. Se paró en un lado de la calle, si giró hacia mi y mirándome a los ojos me dijo: mire, no le cobro nada, le dejo en la parada y que otro compañero le lleve a otra farmacia, yo “tengo” que irme a mi casa “ya”.
Tan tranquilo estaba yo disfrutando el paseo cultural y flipando con lo ridículo de la situación que me dio tiempo a calcular mientras él hablaba:
1.-Si le decía que me llevara al barco y que se olvidara de la farmacia mi integridad física podía correr peligro.
2.-Ya a esas horas la única farmacia abierta estaba en San Sebastián.
3.-Si el buen hombre tenía aún recuerdos de su niñez, se desenvolvería con cierta soltura por Donosti, porque en Pasajes era un choni cualquiera.
4.-Ya que él iba a tener que ir en dirección a San Sebastián y que la conjunción interplanetaria me llevaba allí a mi también, que me dejara de camino…
Le gustó mi idea al hombre. Paró el taxímetro y puso rumbo a la playa de la Concha con el cuello de la camisa más holgado. A la altura del Arzac tuve la tentación de quedarme allí, pero no eran horas ni presupuesto.
Nuestro sufrido taxista, en lo que interpreto como una seña de agradecimiento, se puso a dar vueltas a ver qué farmacia estaría de guardia por la capital. Acabó llamando a su cuñada, que es enfermera, y tenía que saber la farmacia de guardia del día.
Como yo esperaba la profesión de la cuñada y el conocimiento de boticas con servicio fuera del horario laboral era un conjunto intersección inexistente. Para tranquilidad del que iba al volante la buena mujer llamó al rato con la información solicitada. Y allí nuestro hombre puso la nueva dirección en el TomTom respirando aliviado.
Soy firme defensor del libre albedrío. Pero hay días que te hacen dudar y entiendes cómo puede haber gente que se sienta predestinada.
El gps no paraba de llevar al taxi dando vueltas por media ciudad y acabando siempre en calles con el sentido contrario al que su memoria marcaba. Ahora el paseo era más bonito y entretenido que en Pasajes, pero el ataque de nervios del taxista era inminente. Esta vez a la tercera me pidió por favor que me bajase del taxi, que no podía más.
Aún albergo alguna sospecha de si había una cámara oculta. De si estaban gastándole una novatada cruel al inmigrante retornado. Pero lo cierto es que gracias a la puñetera revolución del cabrón de Hugo Chávez, yo conocí sin querer la ciudad de San Sebastián.
Una delicia de ciudad. Estuve horas caminándola: la playa, el río, la costa, bares, tapas, txacolí, brisa templada… Mucho erasmus por allí suelto de botellón, mucha gente paseando disfrutando la noche serena y agradable.
Por poner algún pero, los precios saladitos y las cartas comodonas. Por lo demás estupendo. Hasta en los baretos más simples la selección de cervezas belgas me llegó al alma. Qué rica la Delirium Tremens.
Con un puntito agradable mi conciencia empezó a recordarme el sonido del despertador, por lo que empecé a caminar hacia Pasajes con la idea de coger un taxi de vuelta. Que los cuatro primeros no me vieran o me ignoraran no me llamó la atención. Que los dos siguientes me negaran el servicio con el dedo me hizo dudar de lo apropiado de mi apariencia, tal vez debiera afeitarme…
No sé ahora cuanto tiempo fue, pero un buen rato me llevó caminar y tropezarme con un número de teléfono en una parada de guaguas. Me considero persona viajada y con un nivelito, pero en San Sebastián fui el pringado novato que no sabe que los taxis sólo te recogen en parada o si los llamas por teléfono. El ayuntamiento, que todo sabe y regula por el bien común, prohíbe taxativamente bajo pena de severa multa que los taxis recojan clientes por la calle. Si el cliente es foráneo y desconoce la norma, que se joda.
Bueno, no me queda tan mal la barba a fin de cuentas…
Menos mal que había salido sólo a estirar las piernas un rato. Habían pasado ya unas cuantas horas largas y no era yo consciente todavía de que el final del cuento no estaba tan próximo como parecía.
Me dejó el taxista que sí sabía por dónde iba en la puerta del muelle. Faltaba todavía una pechadita hasta el barco, así que decidí, por no repetir camino, caminar por fuera hasta la puerta que está en el puente que cruza sobre las vías del tren.
Siendo un día entre semana aquello estaba muy tranquilo, y con el puntito que llevaba me alegró encontrar un letrero que rezaba “Club del Mar”, bajo el que un par de hombres disfrutaban unas garimbas que regaban los humos del tabaco prohibido en el interior. Por la fachada un reguero de carteles hacía publicidad del local: “Abierto todo el día”, “Máquina de café”, “Bocadillos de jamón de bellota”…
Había oído hablar de los Seaman’s clubs, pero desconocía que los hubiera en España. Movido por la curiosidad, por el día que llevaba y por sentar las madres en previsión del día que venía, entré a por la arrancadilla.
Me chocó la poca luz del sitio. Al final la arrancadilla fue la que cogí para salir por patas. Aquello era un puticlub de mala muerte. De repente tenía clavados en mi no menos de 15 pares de ojos. Quince mujeres aburridas, con mirada lánguida y preocupadas por la crisis ante una fuente de ingresos bípeda. Sólo faltaba la voz en off de Félix Rodríguez de la Fuente. El único hombre frente a aquella jauría en la estancia aparte del que estaba parapetado tras la barra donde supuestamente había una maquina de café y servían bocadillos de jamón de bellota.
Todavía tengo la duda de si la publicidad era cierta o de si se referían a subterfugios para anunciar nuevas depravaciones.
El guardia civil que tenía que abrirme paso en el puente estaba roncando mucho, pues tardó una eternidad en atender a mi dedo que no se despegaba del timbre.
Cuando sólo me faltaba subir a bordo para intentar descansar lo poco que quedaba de noche vino lo único que me supo a cuerno quemado en toda la historia: la escala estaba quitada y no había manera de embarcarme sin jugarme el físico. La distancia para saltar no era mucha, pero si resbalaba y caía no habría nadie para nada. Escalar por las amarras podría ser una opción en caso de vida o muerte, pero no era esa la situación, no había necesidad.
Un par de veces vi acercarse al todoterreno de la Guardia Civil de vigilancia. Cuando esperaba un interrogatorio de quién era yo, qué hacía allí… Cuando esperaba convencerles para que hicieran contrapeso en el portalón… Nada, ni puto caso. Tantas veces me vieron tantas veces dieron la vuelta ignorándome.
Hasta las 7 y media de la mañana tuve que esperar a que saliera la tropa –se había retrasado la hora programada el día anterior-. Todavía me pregunto cómo hicieron las señoras que fuman para: 1.-saber mi barco, 2.-quitarme la escala, 3.-entretener al guardia civil y 4.-hacer que la benemérita pasara olímpicamente de mi.
Para desgracia de ellas el clima era llevadero. Mucho tenía que soplar el viento y mucho tenía que nevar y llover para que aquel tugurio resultara una alternativa atractiva…

No hay comentarios:
Publicar un comentario