Zarpamos de Sagunto cargados de nitratos con una calma inesperada a la vista de los partes meteorológicos de las zonas aledañas. Dejamos el Mediterráneo con una mar totalmente plana mientras los delfines saltaban alrededor, el sol nos regalaba un calorcito tremendamente bienvenido y en la radio sonaba Carlos Santana.
Esperando un Atlántico más guerrero, fue una sorpresa agradable la impresión de ir subiendo de latitud con la sensación de no haber abandonado el Mare Nostrum.
Ya un poco más arriba de Lisboa, en la guardia nocturna vi en el radar un barco que se nos acercaba por la proa casi a vuelta encontrada. Entre que no hacía amago de apartarse y que por su posición era más cómodo que los dos nos hiciéramos a babor decidí ponerme en contacto con él.
Normalmente en la situación de vuelta encontrada, cuando dos barcos se encuentran de frente, lo estipulado es que cada uno caiga a estribor.
Miré su posición en el radar con el cursor. Luego busqué su información en el AIS, un sistema de identificación que es obligatorio llevar en la mercante. Finalmente, todo bajo la supervisión de la segunda oficial, cogí el vhf y le llamé:
-Fulano, aquí el Barizo. ¿Te parece bien que caigamos a babor y nos demos verde con verde?
Su respuesta fue: ¿Quiénes son ustedes? No los veo en mi radar. (“Who are you? I don’t see you in my radar.”)
Entre risas y comentarios sobre lo dormido que debía estar el pobre hombre a esas horas le contestamos: Estamos a tu proa, por estribor, a poco más de una milla. ¿Te parece bien que caigamos los dos un poco a babor?
-Vale, lo que tu digas. (“Ok, ok…).
Fue su respuesta y sobre la marcha vimos en el radar que nos hacía caso.
Un par de horas más tarde vimos otro barco que se nos aproximaba, pero sin problemas, su ruta no se acercaba mucho a la nuestra. De todas maneras, para llenar el tiempo comprobamos sus datos. De entrada nos descolocó enormemente ver que este segundo barco era con el que habíamos hablado por radio, por lo que no podía ser el que habíamos visto en primer lugar. Algo raro estaba pasando.
En primer lugar cogimos todos los comentarios jocosos que habíamos hecho del pobre hombre y nos los tragamos mientras deshacíamos aquel entuerto. Mientras deglutíamos me di cuenta de que el puntero del radar, por mor de que el aparataje del puente es un tanto pleistocénico y duendes de la electrónica, marcaba lo que le daba la real gana. Y por si fuera poco, el AIS perdía cobertura a ratos y daba posiciones obsoletas mientras se reenganchaba.
El caso es que el primer barco debió ser un pesquero sin AIS que viéndonos más grandes se quitó de en medio, casualmente mientras hablábamos con Fulano. Fulano flipó con nuestra llamada y nos dio la razón del loco mientras pensaba seguramente que estábamos fumando hierbas exóticas en la guardia. Y nosotros ahora no nos fiamos tan alegremente de estos equipos amortizados mucho antes de que se me pasara por la cabeza meterme en estas lides…
Ahora lo de “I don’t see you in my radar” es una broma recurrente en las guardias…
La mar siguió tranquila hasta Waterford, en Irlanda. Llegamos de noche y la subida por el río no la pude disfrutar. Luego, por el frío, la hora y la distancia hasta el pueblo, bajar a tierra no fue posible. Una pena, porque como verán en las fotos el sitio, obviando alguna fábrica, es bastante bucólico.
La descarga fue durilla por los 3 grados de temperatura, que se hacían más duros con la bruma que desprendía el río. Todo amaneció cubierto de escarcha. Con los primeros rayos las granjas parecían dunas de arena rubia, mas según se derretía el hielo el verde borraba esa imagen fuera de sitio.
Una cosa que me llamó la atención fue ver por primera vez cómo la corriente de la marea subía por el río anulando la del caudal de éste. Estando a una hora de travesía río arriba no esperaba ver el agua “subiendo” por el cauce…
A la tarde zarpamos rumbo a Avonmouth, un puerto cercano a Bristol.
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